Dra. Claudia Lorena González Alfano
Uróloga
Town Center Costa de Este, Torre Bambu, Piso 4, Consultorio 438
6337-4101
www.urologoscostadeleste.com
Instagram: claudia_gonzalez_urologia
“Tener los guantes puestos, un bisturí en la mano y el corazón de una vaca frente a mí fue suficiente para entenderlo todo: quería ser cirujana.”
Hasta ese momento no tenía claro qué quería estudiar. Tampoco era la alumna más brillante del Colegio San Agustín y podía distraerme fácilmente en las clases que no me gustaban. Pero en aquellas que despertaban mi interés, entregaba toda mi atención y dedicación. Aquella clase de biología cambió mi vida. Después de esa experiencia comencé a asistir los sábados a cursos de preparación para entrar a la escuela de medicina. En mi casa pensaban que estaba bromeando, pero yo estaba completamente decidida.

Durante los siguientes seis años estudié Medicina en la Universidad de Panamá. Ya como estudiante, durante mi rotación por Urología, entendí que había encontrado una especialidad maravillosa: combinaba atención clínica, cirugía, reconstrucción, oncología y mucha tecnología, algo que me fascinó desde el primer momento.
El instante que terminó de convencerme ocurrió durante un trasplante renal. Cuando el procedimiento ya había terminado y comenzó a salir orina del riñón trasplantado, sentí algo imposible de explicar. Fue impactante y emocionante al mismo tiempo. Recuerdo pensar: “Necesito ser uróloga”.
Posteriormente realicé el internado en el Complejo Hospitalario de la Caja de Seguro Social y el segundo año en el Vigía-HGNC, en Chitré, donde prácticamente viví una pre-residencia. Estaba en todas las cirugías de Urología, atendía pacientes en consulta e incluso participé en el Congreso Nacional de Urología presentando un póster científico. Para ese momento, yo ya me sentía uróloga.
Mi residencia en Urología la realicé en el Complejo Hospitalario Arnulfo Arias Madrid. Fueron cuatro años intensos en los que me dediqué exclusivamente a formarme. Pasábamos visita a las cinco de la mañana todos los días, teníamos entre 80 y 100 pacientes hospitalizados, tres quirófanos funcionando y también acudíamos al Hospital Pediátrico. Dormíamos poco, trabajábamos sin parar y aprendimos a funcionar incluso agotados. Nos acostumbramos a comer de pie, rápido, y a tomar pequeños “power naps” en escritorios entre una responsabilidad y otra.
Hubo momentos muy difíciles en los que pensé que ya no podía continuar. En dos ocasiones decidí renunciar, pero había un sueño mucho más grande que el cansancio: convertirme en uróloga. El apoyo de mis padres hizo que la carga fuera más ligera y me ayudó a encontrar fuerzas nuevamente.
Siempre digo que mi papá era como un bombero. Yo podía llamarlo a las tres de la mañana para decirle que me estaba quedando dormida y él llegaba al sexto piso de la especializada con café, ropa limpia, comida de casa o cualquier cosa que necesitara.
El hospital también tiene una mística propia que forma parte de nuestra formación. En muchas personas del hospital uno encontraba familia. Enfermeras que nos cuidaban y guiaban, técnicos de laboratorio y radiología que nos ayudaban con los estudios de los pacientes y el personal fijo de quirófano que nos enseñaba pequeños detalles que terminaban haciendo una gran diferencia. Ellos celebraban nuestros logros y sufrían con nosotros cada caída.
Cuando terminé la residencia, mis compañeros —que habían sido mis residentes menores— me regalaron un collar con un trébol de cuatro hojas que todavía conservo como amuleto de buena suerte.
Al finalizar la residencia sentía que aún quería aprender más, especialmente sobre cirugía mínimamente invasiva y tecnología aplicada a la Urología. Esa inquietud me llevó hasta Beijing, China, donde cursé un fellowship en cirugía urológica laparoscópica y robótica en el Hospital Militar 301.

Fue una experiencia tan retadora como transformadora. Estaba lejos de mi casa, mi familia y mis amigos, rodeada de un idioma, una cultura y una comida completamente distintos a todo lo que conocía. Sin embargo, había algo universal que nos conectaba: la pasión por la cirugía urológica y la tecnología aplicada a ella.
Dentro del hospital nos comunicábamos en inglés, pero afuera no entendía absolutamente nada. Tomé clases de mandarín, una de las cosas más difíciles que he intentado hacer. La gente me miraba con curiosidad por mis ojos grandes y redondos, y después de unas semanas ya todos en el supermercado sabían quién era la panameña que solo compraba pechuga de pollo.
Muchas personas me hablaron antes del “shock cultural”, pero logré adaptarme bastante rápido. Entendí que ellos trabajaban muchísimo y luego regresaban a casa. No existía esa cultura de salir después del trabajo, así que aprendí a disfrutar mi propia compañía. Estudiaba, corría en los parques de la ciudad y aprovechaba el tiempo al máximo.
Cada vez que me enteraba de que algún panameño viajaba a Beijing, aunque no lo conociera, le pedía que me llevara café Durán. Y sí, viajaba los kilómetros que fueran necesarios para ir a buscarlo.
Durante los días libres aprovechaba para conocer nuevos lugares y descubrí una versión más independiente de mí misma. Aprendí a estar alerta, a cuidarme y, sobre todo, a disfrutar cada momento como algo irrepetible.
Cuando regresé a Panamá comencé a trabajar en el consultorio de mi tío, que es neurólogo, y posteriormente me integré a Clínicas Urológicas, donde desarrollé un profundo sentido de pertenencia, trabajo en equipo y crecimiento tanto académico como personal.
La Urología históricamente ha sido una especialidad predominantemente masculina. Sin embargo, gracias al camino que abrieron grandes urólogas en Panamá, el proceso para las nuevas generaciones ha sido mucho más fluido. Hoy ya no existe aquel prejuicio de que las mujeres urólogas solamente deben atender mujeres.
Actualmente representamos cerca del 20% de los urólogos en Panamá y, entre los residentes en formación, la mayoría son mujeres. Eso me llena de muchísimo orgullo.
También me emociona saber que gran parte de las urólogas panameñas estamos formadas en cirugía robótica, algo que aún no es común en muchos países de Latinoamérica. De hecho, la primera uróloga en realizar cirugía robótica en Latinoamérica fue panameña.
En 2021 participé en la implementación de la plataforma robótica HUGO y los primeros casos del mundo se realizaron en Chile y Panamá. Además, las dos primeras mujeres entrenadas en HUGO a nivel mundial somos panameñas.
La cirugía robótica me apasiona profundamente. Los robots quirúrgicos son herramientas que nos brindan mayor precisión y permiten mejores resultados con recuperaciones más rápidas. Existe un beneficio tanto para el paciente como para el cirujano. Y contrario a lo que muchas personas piensan, no es el robot quien opera. La cirugía la realiza el cirujano utilizando el robot como instrumento, lo cual requiere conocimiento anatómico, dominio técnico y capacidad para resolver complicaciones cuando se presentan.
Pero la Urología no es solamente cirugía. Gran parte de nuestro tiempo ocurre en el consultorio, escuchando pacientes, entendiendo molestias y acompañando procesos difíciles. Requiere empatía, paciencia y la capacidad de explicar las cosas con claridad.
Algo que disfruto muchísimo durante la consulta es sacar un cuaderno y dibujarles a los pacientes los riñones, la vejiga o la próstata para explicarles qué está ocurriendo y cómo vamos a resolverlo. He descubierto que los dibujos ayudan muchísimo a que el paciente entienda su diagnóstico y se adhiera mejor al tratamiento.
Durante la pandemia realicé una maestría online en Sexología en el Instituto Superior de Estudios Psicológicos de España. Esa formación me ayudó a darle un enfoque más integral a muchos trastornos que vemos diariamente y que no requieren solamente un abordaje anatómico o bioquímico, sino también emocional.
Cuando se habla de Urología, muchas personas piensan únicamente en la próstata, el tacto rectal o en el médico al que deben acudir los hombres después de los 40 años. Pero la realidad es completamente distinta: todos, en algún momento de la vida, podemos necesitar un urólogo.
En un solo día de consulta podemos atender infecciones urinarias, cálculos renales, sangrado urinario, incontinencia, disfunciones sexuales, cáncer de próstata, niños que continúan orinándose en la cama o pacientes que simplemente necesitan orientación y acompañamiento.
Ser mujer también ha sido un superpoder dentro de mi profesión. Durante el embarazo pude trabajar prácticamente sin limitaciones, excepto en cirugías que utilizaran rayos X. Incluso, la semana antes del nacimiento de mi hija lideré la implementación de la fusión para biopsias de próstata con micro-ultrasonido en la Ciudad de la Salud. La última cirugía que realicé fue un día antes de que naciera mi hija.
La maternidad cambió por completo mi manera de ver el tiempo. Hoy intento equilibrar mis compromisos laborales, las consultas y las cirugías con darle tiempo de calidad a mi hija. Por eso, actualmente decidí atender únicamente en Costa del Este, una dinámica que me permite balancear mejor mis roles como madre y cirujana, sin dejar de disfrutar profundamente mi profesión. No siempre es fácil. La Urología es una especialidad que incluye urgencias inesperadas, cirugías que duran más de lo previsto y la necesidad constante de seguir estudiando y actualizándose.
Aun así, disfruto enormemente lo que hago. Me encanta editar videos quirúrgicos para congresos, participar en proyectos académicos y mantener la meta permanente de publicar artículos científicos.
Pero también disfruto profundamente mi vida fuera del hospital. Me encanta celebrar con mi familia —incluso los cumpleaños de los perros—, llevar a mi hija al parque, a clases de gimnasia o natación, viajar, ir a conciertos y salir a comer.
La diferencia es que en esta profesión los planes pueden cambiar en cualquier momento. Basta una llamada de un paciente para reorganizar el día completo. Por eso aprendí a disfrutar el presente, a aprovechar cada instante y a entender que la vida, igual que la cirugía, ocurre en tiempo real. Nada de esto sería posible sin mi tribu. Mis padres son uno de los regalos más grandes que me ha dado la vida y estaré siempre agradecida con ellos. Gracias a su apoyo puedo disfrutar mi profesión incluso en los días más agotadores y seguir construyendo una vida donde conviven la cirugía, la maternid
