HomeBienestar“La ciencia de la esperanza: vivir y ejercer la Psiquiatría en Panamá”

“La ciencia de la esperanza: vivir y ejercer la Psiquiatría en Panamá”

Publicado el

Doctora Alexandra Araujo de VidalIntro.

La sociedad suele percibir la medicina como un campo de certezas matemáticas, pero la

práctica clínica dista de ser una ciencia exacta. A diferencia de la física, la medicina opera

en la incertidumbre biológica; cada organismo es un ecosistema irrepetible influenciado por

la genética y el entorno. Como se dice en la academia: “en medicina ni dos y dos son cuatro,

ni siempre es siempre”. Esta naturaleza exige del profesional un juicio crítico y una

adaptación constante ante la complejidad humana.

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En este espectro, la psiquiatría destaca como una de las disciplinas más jóvenes y

desafiantes. Mientras otras ramas estudian procesos mecánicos visibles, la psiquiatría se

adentra en el cerebro y la mente, el órgano menos comprendido del universo. Su

consolidación científica es reciente, transitando desde los asilos del siglo XIX hasta la

neurociencia moderna, fundamentándose hoy en la psicofarmacología y la evidencia clínica.

Esta “juventud” implica que aún vivimos una era de descubrimientos sobre la plasticidad

neuronal y los neurotransmisores. En Panamá, esto cobra relevancia especial: enfrentamos

el reto de integrar avances globales con una realidad cultural diversa. Entender la

psiquiatría como una ciencia joven e inexacta permite abordar el panorama nacional con

apertura, reconociendo que, tras los avances en legislación, el camino hacia una

comprensión profunda de la salud mental panameña apenas comienza a trazarse con

firmeza.

Por qué decidí estudiar psiquiatría

La decisión de inclinar mi camino hacia la psiquiatría no fue un evento fortuito, sino la

convergencia de dos fuerzas fundamentales: una curiosidad intelectual inagotable por la

frontera final del conocimiento humano y la búsqueda consciente de una calidad de vida

que honrara mis vínculos personales. En el ámbito académico, la psiquiatría me ofreció un

puente único entre la medicina interna y las humanidades. Mientras otras especialidades

se centran en la reparación de la mecánica orgánica, la psiquiatría nos exige descifrar cómo

la biología se convierte en pensamiento, cómo un desequilibrio químico se traduce en una

emoción y cómo la palabra misma puede transformar la estructura de un cerebro. Esa

complejidad científica, donde el diagnóstico requiere una observación casi artesanal y una

síntesis de datos clínicos y conductuales, fue el primer motor de mi elección.

Sin embargo, la vocación no existe en el vacío; se ejerce dentro de una realidad social y

logística. Aquí es donde el contexto panameño jugó un papel determinante en mi proyecto

de vida. En la estructura del sistema de salud de nuestro país, la psiquiatría presenta una

particularidad logística frente a especialidades quirúrgicas o de urgencias críticas: la

naturaleza de sus turnos. En Panamá, la disponibilidad para la especialidad permite, en gran

medida, una gestión del tiempo más flexible, donde los turnos no necesariamente exigen la

presencia física constante en el hospital durante 24 o 48 horas, siempre que se garantice la

cobertura y atención oportuna del paciente.Este matiz, que podría parecer secundario para algunos, fue para mí una declaración de

principios. Estudiar psiquiatría fue también una decisión en favor de mi familia. En una

profesión donde el burnout y el sacrificio del hogar se consideran a menudo medallas de

honor, encontré en esta rama la posibilidad de ser un profesional de excelencia sin

convertirme en un extraño para los míos. La psiquiatría me permite estar presente en la

mesa, participar activamente en el crecimiento de mis hijos y cultivar mi vida personal,

entendiendo que un médico que posee equilibrio emocional y estabilidad familiar está

mucho mejor equipado para cuidar la salud mental de sus pacientes. Al final, elegí la

psiquiatría porque creo que para sanar la mente ajena, es indispensable haber construido

primero un entorno propio donde el tiempo, el afecto y la presencia sean la prioridad.

Aprender, ejercer y amar la profesión psiquiátrica

Abrazar la psiquiatría es aceptar que el aprendizaje nunca es un puerto de llegada, sino un

horizonte que se desplaza con cada paciente. Si la medicina es una ciencia de

probabilidades, la práctica psiquiátrica es una maestría en la escucha y la observación. En

los años de formación, uno cree que la meta es memorizar el DSM o dominar la

farmacodinámica de los receptores sinápticos; sin embargo, el verdadero ejercicio

profesional en Panamá me ha enseñado que la ciencia es apenas el lenguaje, pero el

paciente es la historia. La verdadera “aventura” comenzó cuando los libros dieron paso a

los rostros, y comprendí que ejercer esta profesión con excelencia requiere algo más que

técnica: exige una sensibilidad refinada para leer entre líneas lo que el dolor o el silencio

intentan comunicar.

Con el paso de los años, el ejercicio diario ha transformado mi perspectiva. Amar esta

profesión en nuestro contexto nacional implica navegar por la complejidad de nuestra

idiosincrasia, donde la salud mental a menudo lucha contra el tabú. He aprendido que ser

un referente en este campo no se trata de imponer diagnósticos, sino de construir puentes

de confianza donde antes había muros de estigma. Es en esa sutil danza entre el rigor

científico y la empatía humana donde se forja el respeto de los colegas y gratitud de quienes

buscan ayuda. La satisfacción no proviene de la infalibilidad, sino de la capacidad de

acompañar a alguien en su proceso de reconstrucción, utilizando la experiencia acumulada

para devolverle la funcionalidad y la esperanza a una vida que parecía fragmentada.

Hoy, miro mi trayectoria no como una acumulación de méritos, sino como un compromiso

renovado con la salud mental de mi país. Amar la psiquiatría en Panamá es entender que

cada consulta exitosa es un avance para la sociedad entera. El dominio de la profesión se

manifiesta en la calma frente a la crisis y en la precisión de un tratamiento que devuelve la

autonomía al individuo. Es un privilegio que se cultiva con rigor ético y con la humildad de

saber que, aunque hoy manejamos las herramientas más avanzadas de la neurociencia, el

centro de nuestra labor sigue siendo la dignidad de la persona. Ejercer así, con la mirada

puesta en la vanguardia y el corazón en la escucha, es lo que convierte a este camino no en

un trabajo, sino en una forma de vida que me define y me apasiona.Una mirada a los pacientes que no son pacientes, los familiares.

Existe una realidad silenciosa que se manifiesta en cada consulta, aunque no siempre ocupe

la silla frente al escritorio: la de los familiares. En medicina solemos decir que la enfermedad

mental no se contagia en el sentido biológico del término, pero tiene una capacidad única

para “enfermar” el entorno. Cuando una persona atraviesa un episodio psicótico, una

depresión profunda o un trastorno de personalidad severo, el sistema familiar entero entra

en una fase de descompensación. Son los pacientes invisibles; hombres y mujeres que, sin

portar un diagnóstico formal, cargan con el peso de la incertidumbre, el agotamiento físico

y, sobre todo, una erosión emocional que desdibuja sus propias identidades en función del

cuidado del otro.

En Panamá, la estructura familiar suele ser estrecha y solidaria, lo que representa una

fortaleza, pero también un riesgo de agotamiento crónico. El familiar se convierte en el

guardián de la medicación, en el detector de crisis y, con demasiada frecuencia, en el blanco

de la frustración y el estigma. Es aquí donde la psiquiatría debe elevar su mirada más allá

del individuo. Ejercer esta profesión con una visión integral implica comprender que el

bienestar del paciente es directamente proporcional a la resiliencia de su red de apoyo. No

podemos pretender una recuperación sostenible si ignoramos el “burnout” del cuidador o

la culpa paralizante que a menudo sienten los padres, hijos o cónyuges, quienes se

preguntan constantemente qué pudieron haber hecho diferente.

La intervención psiquiátrica de excelencia debe, por tanto, incluir la validación de estos

familiares. El abordaje no termina en la receta de un fármaco; se extiende a la

psicoeducación que les devuelve la calma y las herramientas para establecer límites

saludables. Aliviar la carga de quienes rodean al paciente es un acto de justicia clínica.

Cuando logramos que una madre entienda que la enfermedad de su hijo no es un fracaso

de su crianza, o que un esposo recupere su espacio personal sin sentir que está

abandonando a su pareja, estamos sanando el tejido social de nuestro país. Reconocer que

la enfermedad mental impacta a todo el núcleo nos obliga a tratar la salud mental no como

un evento aislado, sino como una armonía colectiva que debemos proteger para que la

recuperación del paciente sea, finalmente, el regreso a la estabilidad de todo su mundo

Existe un fenómeno inevitable que ocurre cuando uno dedica su vida a estudiar los

entresijos de la mente humana: el mundo deja de ser una sucesión de eventos casuales para

convertirse en un despliegue constante de dinámicas psicológicas. Aunque lo intente, no

puedo simplemente “apagar” mi mente entrenada al salir del consultorio. Al caminar por

las calles de Panamá, al entrar en un restaurante o incluso al observar las interacciones en

una fila del supermercado, mis ojos de psiquiatra actúan de manera automática. Veo en el

tono de voz de un desconocido la ansiedad no gestionada, en el lenguaje corporal de una

pareja las grietas de una comunicación fracturada, o en la mirada perdida de un anciano la

sombra de una depresión que nadie ha nombrado.Esta visión periférica de la condición humana es, a menudo, una carga pesada. Mirar la vida

diaria con este lente significa comprender que gran parte del comportamiento social que

nos rodea es, en realidad, un mecanismo de defensa. Donde otros ven simple mala

educación, yo veo una desregulación emocional; donde otros ven una ambición desmedida,

yo detecto la búsqueda desesperada de validación por una carencia antigua. Es como vivir

en una realidad aumentada donde el subtexto de las acciones humanas es siempre visible.

Esta hiper-conciencia me obliga a ser más compasiva, pero también me vuelve más

consciente de la fragilidad del tejido social que nos sostiene. Sé con demasiada claridad qué

tan cerca está cualquier persona de un punto de quiebre, y eso cambia la forma en la que

consumo la realidad.

Sin embargo, este mismo lente es el que me permite valorar el balance con mi vida personal

de una forma casi sagrada. Al ver afuera tanto ruido y tanta disfunción inadvertida, el

refugio de mi hogar se vuelve una prioridad absoluta. Entiendo, por formación y por

experiencia, que la estabilidad no es un estado natural, sino una construcción diaria que

requiere cuidado y mantenimiento. Mi mirada clínica me ha enseñado que el amor, la risa

de mis hijos y la complicidad con mi esposo no son solo momentos agradables, sino los

reguladores biológicos que mantienen mi propio cerebro en equilibrio.

Ver la vida a través de los ojos de una psiquiatra es, en última instancia, un recordatorio

constante de nuestra humanidad compartida. Me permite navegar el mundo con una

mezcla de realismo crudo y una esperanza profunda, sabiendo que, aunque todos cargamos

con una complejidad invisible, la capacidad de resiliencia es igualmente infinita. Mi

profesión no es solo lo que hago durante ocho horas; es la forma en la que entiendo el

amor, el dolor y la belleza de estar vivos en este rincón del mundo.

Días buenos y días malos: la importancia de mi red de apoyo.

Ejercer la psiquiatría con entrega implica aceptar una vida de contrastes profundos, donde

la satisfacción y el agotamiento a menudo comparten la misma jornada. Existen días que se

sienten como un premio: esos momentos en los que un paciente, tras meses de oscuridad,

recupera el brillo en la mirada, retoma su funcionalidad y te da las gracias por haberle

devuelto la vida. Esas victorias son el combustible de mi profesión y la validación de que

cada hora de estudio ha valido la pena. Sin embargo, la psiquiatría también tiene una cara

sombría. Hay días en los que la carga negativa es simplemente abrumadora; jornadas donde

los traumas ajenos, la desesperanza y la fragilidad humana se filtran por las grietas de la

bata blanca y pesan más de lo que cualquier técnica clínica puede aliviar.

Es en esos momentos de vulnerabilidad cuando la estructura de mi vida personal, que

mencioné al inicio, deja de ser una logística para convertirse en mi salvación. El equilibrio

entre el consultorio y el hogar no es solo una cuestión de horarios, sino de supervivencia

emocional. Al llegar a casa después de lidiar con las versiones más rotas de otros seres

humanos, necesito un espacio donde pueda permitirme ser yo quien se quiebre. En eseescenario, mi esposo José se convierte en el soporte fundamental, en ese “casi terapeuta”

que tiene la paciencia infinita de recibir mis peores versiones. Él es quien sostiene el espacio

cuando traigo conmigo el eco de los dramas del día, ofreciéndome el silencio o la palabra

justa que me permite descargar la mochila emocional antes de cruzar el umbral de nuestra

intimidad.

Ese soporte es el que me permite ser la madre que mis hijos, José Julián y Fabiola, merecen.

Ellos son mi luz, mi motor y la motivación más pura para seguir buscando la excelencia. Al

ver sus rostros, recuerdo por qué lucho por la salud mental en Panamá: para que ellos, y la

generación que representan, crezcan en un mundo donde el bienestar emocional sea una

prioridad y no un lujo. Mis hijos me devuelven a la tierra, me obligan a desconectar del dolor

del mundo y me recuerdan que, más allá de los diagnósticos y las crisis, la vida es

fundamentalmente afecto y presencia. Gracias a mi

red de apoyo, puedo transformar el agotamiento en energía renovada, entendiendo que

solo cuidando mi propio núcleo puedo seguir siendo la profesional que mis pacientes

necesitan. Al final, la psiquiatría me ha enseñado que nadie sana solo, ni siquiera el médico.

Retos de la Psiquiatría en Panamá

Ejercer la psiquiatría en Panamá implica navegar un ecosistema lleno de contradicciones.

Por un lado, somos un país de servicios, con un crecimiento económico envidiable en la

región; por otro, la salud mental sigue siendo el pariente olvidado de nuestro sistema

sanitario. El primer reto, y quizás el más persistente, es el estigma cultural. En nuestra

sociedad, todavía impera la idea de que buscar ayuda psiquiátrica es un signo de debilidad

o, en el peor de los casos, un certificado de “locura”. Esta barrera invisible hace que muchos

panameños lleguen a consulta cuando el cuadro clínico ya es crítico, habiendo pasado años

sufriendo en silencio o intentando soluciones superficiales que solo prolongan el

padecimiento.

A esto se suma el desafío de la centralización y el acceso. Aunque contamos con el Instituto

Nacional de Salud Mental (INSAM) y una red de atención primaria, la realidad es que la

mayoría de los recursos y especialistas se concentran en la capital. Para un paciente en las

comarcas o en provincias centrales, acceder a un seguimiento psiquiátrico especializado es

una carrera de obstáculos que involucra traslados costosos y largas listas de espera. Como

profesionales, nos enfrentamos a la frustración de saber que el tratamiento ideal existe,

pero que la logística del sistema público a menudo lo vuelve inalcanzable para quienes más

lo necesitan. La escasez de ciertos psicofármacos en las instituciones estatales es otra piedra

en el camino que nos obliga a ser creativos y resilientes en nuestra práctica diaria.

Sin embargo, no todo es sombrío. Panamá ha dado pasos importantes con la reciente Ley

364 de 2023, que moderniza el marco legal de la salud mental. El reto ahora es la

implementación real: que el presupuesto acompañe a la letra de la ley. Necesitamos que la

salud mental se integre de forma definitiva en las escuelas y en los entornos laboralespanameños, dejando de verla como una atención de crisis para entenderla como un pilar

del desarrollo nacional.

Finalmente, el reto más íntimo para quienes ejercemos aquí es mantener la humanidad en

un sistema que a menudo se siente despersonalizado. En un país donde “todo el mundo se

conoce”, la confidencialidad y la ética profesional son tesoros que debemos proteger con

celo. Ser psiquiatra en Panamá es, en esencia, ser un agente de cambio social; es trabajar

cada día para que el cuidado de la mente deje de ser un privilegio de

pocos y se convierta en un derecho fundamental de todos los panameños, sin importar su

circuito electoral.

Un Llamado a las Nuevas Generaciones

A los estudiantes que hoy transitan los pasillos de las facultades de medicina en Panamá y

a quienes sienten el llamado de la psiquiatría, les diría, ante todo, que se preparen para la

aventura intelectual más profunda de sus vidas. Si buscan una especialidad donde todo esté

escrito y las respuestas se encuentren en una prueba de laboratorio, quizás este no sea su

lugar. Pero si buscan una disciplina donde el misterio es la norma y la capacidad de asombro

es un requisito diario, han llegado a la frontera más emocionante de la ciencia moderna.

Estudiar psiquiatría es aceptar que seremos eternos aprendices, porque mientras el cerebro

siga siendo el órgano menos comprendido, nuestra labor será siempre la de exploradores.

A quienes temen por la carga emocional o el estigma que aún rodea a nuestra profesión,

les aseguro que no hay recompensa más grande que la de devolverle a un ser humano la

propiedad de su propia mente. Ser psiquiatra en este siglo, y específicamente en nuestro

país, les exigirá una doble excelencia: la técnica y la humana. No se conformen con ser

buenos prescriptores; aspiren a ser clínicos que escuchan lo que no se dice. La ciencia

avanza a pasos agigantados, y a ustedes les tocará integrar la neurociencia de vanguardia

con la calidez de una atención que dignifique al paciente. Panamá necesita psiquiatras que

no solo traten trastornos, sino que comprendan el contexto social y cultural que nos rodea.

No olviden nunca que, para cuidar a otros, deben aprender a cuidarse a sí mismos. Busquen

su propio equilibrio, cultiven sus redes de apoyo y no permitan que la bata blanca los aísle

de las cosas sencillas que dan sentido a la vida: la familia, el tiempo libre y el afecto. La

psiquiatría es una carrera de fondo, no de velocidad. Si la eligen, elijan también ser personas

íntegras fuera del hospital, porque su mejor herramienta clínica siempre será su propia

estabilidad y empatía.

El futuro de la salud en Panamá pasa por la salud mental. Ustedes son los arquitectos de

una nueva era donde el bienestar emocional dejará de ser un tabú para convertirse en la

base de nuestra prosperidad como nación. Estudien con rigor, ejerzan con pasión y amen la

profesión con la convicción de que cada mente que ayudan a sanar es una luz que seenciende en nuestro país. Bienvenidos a la psiquiatría: la ciencia de la esperanza y el oficio

más humano que la medicina puede ofrecer.

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