En Islandia el tiempo se siente distinto. De día el sol no se esconde, de tarde los colores se estiran sobre los fiordos y de noche el cielo se enciende. El día comienza muy temprano, caminando por Reikiavik. Pequeña, de casas de colores y techos que parecen de cuento. El olor a pan recién horneado sale de las panaderías y la gente va tranquila sin afán.
Sube a la torre de la Iglesia Hallgrimskirkja y desde allí toda la ciudad se ve como un pueblo de juguete al lado del mar.
Si el día está claro, al, fondo asoma el glaciar Smalfellsjokull. Luego un escape al Círculo Dorado. Allí la tierra respira: géiseres que estallan cada poco minuto. en Geysir, la cascada Gullfoss cayendo con toda su fuerza y el parque Pingvellir donde puedes pararte literalmente entre dos placas tectónicas. Es como caminar sobre la cicatriz del planeta.
Al caer la tarde, el ritmo baja. Puedes ir a la Laguna Azul o a cualquiera de los baños geotérmicos locales. El agua está caliente, el aire frío y el cielo empieza a ponerse rosado. La gente conversa bajito, como si el paisaje pidiera silencio.
Es el momento perfecto para entender por qué los islandeses aman tanto el agua. Si te queda energía maneja por la costa sur. Las playas de arena negra de Reynisfjara con sus columnas de basalto parecen de otro planeta. Y las cascadas Seljulandsfess y Skógafess están ahí, cayendo sin parar, para recordarte que Islandia no descansa.
En la noche, Islandia se vuelve mágica. Entre abril y septiembre, cuando oscurece de verdad, el cielo se vuelve un lienzo. Las auroras boreales bailan en verde, violeta y blanco sobre los glaciares. Es tiempo para abrigarte bien y llevar tu termo de chocolate caliente.
Cuando bajas a Reikiavik, la noche sigue viva. Cena cordero islandés asado lento, bacalao fresco o atrévete con el hákarl si quieres decir que lo probaste. Termina en un bar pequeño con música en vivo y una cerveza artesanal local. Afuera hace frío, pero adentro todos están cerca.
