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La mujer detrás del rol: una mirada integral

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Desde que era niña, tenía claro que quería ser doctora. No vengo de una familia de

médicos, pero la vocación nació conmigo, sin influencias ni presiones. Mientras otras niñas

soñaban con cuentos, yo soñaba con batas blancas, con ayudar, con sanar. Así, cuando me

gradué del Colegio Javier, no existía otra opción: medicina era el único camino que tenía

sentido.

Mi formación académica empezó en la Universidad de Panamá, y siempre estaré

agradecida con mi alma máter, el Colegio Javier, que nos preparaba con revalidas que

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reforzaban nuestros conocimientos. Con apenas 16 años, entré a la facultad con una ilusión

enorme, sintiéndome adulta, lista para construir mi futuro profesional.

La carrera fue una montaña rusa de emociones, de exigencia y también de crecimiento. Con

cada clase, cada guardia, cada paciente, fui formando no solo mi conocimiento, sino

también mi carácter. Y al final, cumplí ese sueño de infancia: me convertí en doctora en

medicina.

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Los años de internado reforzaron mi pasión por el trabajo hospitalario. Conocí múltiples

especialidades, conviví con colegas valiosos y fui perfilando mis intereses: lo mío era el

quirófano, el detalle, la precisión. Era inevitable: lo quirúrgico me llamaba.

Trabajé en el cuarto de urgencias, un espacio dinámico que me encantaba. Allí, en medio

del ritmo acelerado de pacientes, reencuentros con compañeros y decisiones rápidas,

surgió una conversación que cambió mi destino. Un colega, hoy mi esposo, me dijo:

“¡Agarra Oftalmología! Es lo máximo.

” Y así comenzó un nuevo capítulo.

Después de estudiar intensamente y presentar dos veces el examen de conocimientos

generales (porque siempre he buscado superarme), llegó el día del examen específico y la

entrevista. Así entré a la residencia de Oftalmología en el Complejo Hospitalario

Metropolitano, una de las mejores decisiones de mi vida.

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Esa elección no solo me dio una carrera quirúrgica que amo, sino también a mi compañero

de vida. Estar casada con un oftalmólogo es, sin duda, enriquecedor. Aunque pocas veces

trabajamos juntos directamente, hablamos el mismo idioma, compartimos pasión por lo que

hacemos y nos apoyamos mutuamente.

Pero detrás de la historia romántica y vocacional, hay una realidad profesional que vivo con

entrega todos los días. Como oftalmóloga, tengo el privilegio de cuidar la salud visual de

personas de todas las edades: desde bebés hasta adultos mayores de más de 100 años.

La visión es el sentido que nos conecta con el 85% del mundo exterior. Y preservar o

recuperar ese sentido es una responsabilidad inmensa. En consulta, atiendo desde

afecciones comunes como orzuelos, chalazión, pterigión y conjuntivitis, hasta enfermedades

más complejas como cataratas, que me permiten ejercer lo que más me gusta: la cirugía.Operar para devolverle la claridad visual a una persona con cataratas es mi estándar de

oro. No hay mayor recompensa que ver a un paciente sonreír porque vuelve a ver el rostro

de sus seres queridos, los colores del mundo o simplemente leer sin esfuerzo.

Actualmente, realizamos las cirugías de cataratas utilizando la técnica más avanzada

disponible: la facoemulsificación, un procedimiento moderno, seguro y preciso que

permite una recuperación visual muy rápida. Es increíble cómo, en cuestión de días, una

persona que veía nublado o casi nada, puede volver a ver con nitidez y retomar su vida con

independencia y confianza.

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En Panamá, realizamos estas cirugías en The Panama Clinic, un centro de alto nivel que

nos permite ofrecer lo mejor en tecnología y atención. Pero también atendemos pacientes

en otras provincias del país, como Coclé, Herrera y Los Santos, acercando salud visual de

calidad a más personas.

Hoy, al cerrar este ciclo de publicaciones en la revista, quiero mostrar no solo a la

profesional, sino también a la mujer que hay detrás del rol. La que soñó, estudió, luchó y

encontró en la medicina —y en la oftalmología— no solo una carrera, sino un propósito de

vida.

Gracias por acompañarme en este recorrido. Lo vivido se queda en mí… lo aprendido, en

mis pacientes.

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