La luz fría cae sobre el campo estéril mientras un equipo de enfermeras, anestesiólogos y residentes espera la señal. El cirujano, de pie en el centro, sostiene con calma un marcador sobre la piel de un paciente. No se trata sólo de trazar la incisión: es un gesto que concentra años de entrenamiento, la responsabilidad de una vida y la convicción de que la cirugía puede devolver tiempo. El doctor César Díaz Selles pide ajustar la posición de la lámpara quirúrgica, da una instrucción breve y comienza. En Panamá, donde las estadísticas de cáncer reflejan un desafío creciente (casi una de cada cinco muertes está relacionada con esta enfermedad), la figura de un Cirujano Oncólogo encarna mucho más que destreza técnica. Es la convergencia de ciencia, liderazgo y sensibilidad humana. Díaz Selles, formado en Cirugía General, Oncología y Oncología Torácica, se ha propuesto ser un referente en un terreno donde el bisturí no basta: donde cada decisión involucra tecnología de vanguardia, ética y empatía. “Uno nunca se define por el cáncer, pero el cáncer define la urgencia de lo que hacemos cada día”, dice mientras repasa mentalmente la jornada. Esa frase resume la dualidad que atraviesa toda su carrera: precisión quirúrgica y humanidad en la relación con sus pacientes.

El origen de una vocación “No todos los médicos eligen la oncología; algunos dirían que es la oncología la que los elige”. Para Díaz Selles, el camino comenzó en los pasillos de la facultad de medicina, donde la cirugía se le presentó primero como un desafío intelectual, un rompecabezas que requería disciplina y manos firmes. Pero fue el contacto con pacientes oncológicos lo que orientó definitivamente su ruta. Recuerda la primera vez que presenció una cirugía de resección de tumor torácico. La precisión requerida, la coordinación del equipo, el silencio expectante de la sala: todo aquello le reveló que la oncología no era sólo ciencia dura, sino también la posibilidad de acompañar al paciente en uno de los momentos más vulnerables de su vida. “No se trataba solo de extirpar un tumor”, comenta. “Era devolver la dignidad, la esperanza y el tiempo con la familia”. Ese enfoque marcaría su estilo: medicina basada en evidencia, actualización constante y un compromiso con el trabajo en equipo.
La cirugía como arte y ciencia “En el quirófano, la concentración es absoluta: milímetros separan el éxito de una complicación. Afuera, la responsabilidad es otra: acompañar al paciente y a la familia con información clara, sin falsas expectativas pero sin perder la esperanza.” Cada una de estas cirugías responde a un tipo de cáncer distinto, y todas tienen un denominador común: requieren precisión y preparación tanto del equipo médico como del propio paciente. En cabeza y cuello, las intervenciones suelen estar relacionadas con tumores de tiroides, laringe o cavidad oral. Son cirugías delicadas porque involucran estructuras que afectan funciones vitales: voz, respiración, deglución. El reto está en extirpar el tumor preservando al máximo esas funciones. El paciente debe saber que el proceso no termina en quirófano: la rehabilitación foniátrica y nutricional son parte esencial de la recuperación. La cirugía de mama, en cambio, es una de las más frecuentes en oncología. Aquí el espectro va desde lumpectomías (resección de una parte del tejido) hasta mastectomías completas con reconstrucción inmediata. Hoy, gracias al trabajo conjunto con cirujanos plásticos, es posible lograr resultados oncológicos seguros sin sacrificar la imagen corporal. Para la paciente, la preparación implica tanto lo físico (exámenes, ayuno, optimización de su estado de salud general) como lo emocional: comprender que la cirugía es parte de un camino que puede incluir tratamientos posteriores como quimio o radioterapia. En el caso de la cirugía de tiroides, la precisión es milimétrica. Se trata de trabajar en un espacio reducido donde conviven estructuras sensibles: nervios, vasos sanguíneos, glándulas paratiroides. Por eso, el paciente debe llegar con expectativas claras: la mayoría de estos cánceres tienen muy buen pronóstico, pero pueden requerir seguimiento de por vida con endocrinología y, en algunos casos, terapia con yodo radiactivo. Las cirugías de tórax (como la resección pulmonar) combinan complejidad técnica y gran impacto funcional. El paciente debe someterse a pruebas de función respiratoria y cardiológica para asegurar que podrá tolerar la operación. Aquí la preparación incluye dejar de fumar, fortalecer la capacidad pulmonar con ejercicios respiratorios y llegar en la mejor condición física posible. En el sistema digestivo, las cirugías para colon, estómago y páncreas representan algunos de los mayores desafíos. El cáncer de colon, por ejemplo, puede requerir resecciones amplias, pero en muchos casos es posible preservar el esfínter anal, algo que cambia radicalmente la calidad de vida del paciente. El cáncer gástrico suele implicar gastrectomías parciales o totales, lo que demanda un proceso de adaptación nutricional intenso. Y el cáncer de páncreas, uno de los más complejos, exige cirugías extensas como la pancreatoduodenectomía, donde se resecan múltiples órganos y se reconfigura todo el tránsito digestivo. ¿Cómo debe prepararse un paciente para enfrentar una cirugía de este tipo? La respuesta no es sólo médica. Está el componente físico: cumplir con exámenes preoperatorios, mantener una buena nutrición, suspender hábitos nocivos. Está el componente emocional: entender el procedimiento, resolver dudas, tener confianza en el equipo quirúrgico. Y está, finalmente, el componente social: contar con apoyo familiar para el postoperatorio, organizar tiempos laborales, prever el impacto temporal en la rutina. A veces me preguntan cuál es la diferencia entre una cirugía oncológica y cualquier otra. Mi respuesta es que aquí no basta con operar bien. Hay que pensar en el antes y el después, en la integración con otros tratamientos, en la rehabilitación, en la calidad de vida a largo plazo. La cirugía oncológica no es un evento aislado; es un capítulo dentro de una historia mucho más amplia que el paciente está escribiendo junto a nosotros. En los últimos años, la innovación tecnológica ha transformado la cirugía oncológica. Técnicas mínimamente invasivas, cirugía robótica y dispositivos de navegación intraoperatoria han cambiado la forma en que se abordan los tumores. “Hoy podemos hacer incisiones más pequeñas, reducir el dolor postoperatorio y acelerar la recuperación. Pero la tecnología no reemplaza la sensibilidad. El robot no consuela, no escucha, no transmite confianza. Ese es el rol del médico”, subraya. Su definición de éxito quirúrgico va más allá de márgenes negativos en la biopsia: incluye calidad de vida, preservación de órganos y reintegración del paciente a su vida cotidiana. “Operar es también pensar en qué pasará con ese paciente en seis meses, en dos años, en cinco”.
Cáncer en Panamá y en la región En Panamá, como en la mayor parte de Latinoamérica, los cánceres de tiroides, pulmón, piel, cavidad oral y sistema gastrointestinal reflejan dos realidades: por un lado, la mejora en diagnóstico y tratamiento en centros especializados; y por otro, la persistencia de diagnósticos tardíos y desigualdades en el acceso a cuidados. El cáncer de tiroides ha aumentado en incidencia en las últimas dos décadas, en parte gracias al mayor uso de estudios de imagen. La mayoría de los casos se detectan en etapas tempranas y tienen un pronóstico favorable. La cirugía suele ser la primera línea de tratamiento: desde lobectomías hasta tiroidectomías totales, dependiendo del tamaño y características del tumor. En este campo, la precisión es vital para evitar complicaciones en estructuras delicadas como las cuerdas vocales o las glándulas paratiroides. El cáncer de pulmón representa un reto mayor. Es una de las principales causas de muerte por cáncer en el mundo y en Panamá no es la excepción. Gran parte de los pacientes llegan en estadios avanzados, lo que limita las opciones curativas. La cirugía se indica en fases tempranas, con resecciones que pueden ir desde una segmentectomía hasta una neumonectomía completa. Hoy, la cirugía mínimamente invasiva y la videotoracoscopía permiten intervenciones más seguras y con recuperación más rápida, pero siguen siendo necesarios programas sólidos de prevención del tabaquismo y diagnósticos oportunos. En cuanto al cáncer de piel, hay dos caras. Los melanomas, que son los más agresivos, requieren un abordaje quirúrgico con márgenes amplios y, en algunos casos, la evaluación de ganglios linfáticos. En cambio, los carcinomas basocelulares o escamosos, más frecuentes en nuestra región por la exposición solar, suelen tener mejor pronóstico si se detectan a tiempo. La clave aquí está en la educación: entender que una lesión en la piel que cambia, sangra o no cicatriza merece siempre una valoración médica. El cáncer de cavidad oral es particularmente complejo porque afecta funciones vitales: hablar, tragar, incluso la apariencia del rostro. Aquí la cirugía debe balancear la resección oncológica con la preservación funcional y estética. En muchos casos, se requieren procedimientos reconstructivos avanzados para que el paciente pueda reintegrarse plenamente a su vida cotidiana. Finalmente, los tumores del sistema gastrointestinal (que incluyen estómago, colon, recto, páncreas e hígado) representan algunos de los mayores retos quirúrgicos. El cáncer colorrectal, por ejemplo, ha aumentado en personas jóvenes en la región, lo que obliga a pensar en programas de tamizaje más tempranos. La cirugía sigue siendo la piedra angular, con técnicas que hoy permiten preservar esfínteres en casos seleccionados, mejorando notablemente la calidad de vida. En páncreas e hígado, donde las resecciones son más complejas, la experiencia del equipo quirúrgico y el soporte multidisciplinario marcan la diferencia en los resultados. “Tenemos una paradoja”, explica Díaz Selles. “Sabemos más que nunca sobre cómo prevenir y diagnosticar el cáncer, pero muchos pacientes llegan tarde, cuando las opciones son más limitadas y las cirugías más complejas”. La brecha no se explica solo por falta de tecnología; también por desigualdades en el acceso a la salud, educación insuficiente en prevención y miedo a consultar a tiempo. En ese panorama, la cirugía oncológica mantiene un rol central, incluso cuando nuevas terapias como la inmunoterapia o la radioterapia altamente dirigida ganan protagonismo. “La cirugía sigue siendo, en muchos tipos de cáncer, la primera herramienta para curar. Lo que cambia es cómo la hacemos: menos invasiva, más precisa, más integrada a otras modalidades de tratamiento”, señala.
La fuerza del trabajo en equipo Quien lo escucha hablar pronto entiende que la palabra más recurrente no es “yo”, sino “nosotros”. Para Díaz Selles, la oncología no se concibe en solitario. “Un cirujano puede extirpar un tumor, pero un equipo multidisciplinario cambia la historia de un paciente”. Describe las reuniones de comité oncológico como un tablero de ajedrez en el que cada especialista aporta una pieza. El Radiooncólogo ajusta dosis y campos; el Oncólogo Médico define quimioterapias o inmunoterapias; el Patólogo detalla las características del tumor; el Psicólogo aporta estrategias de afrontamiento; el Nutricionista adapta la dieta. “Esa diversidad de miradas es la única forma de diseñar un plan completo, no solo un acto quirúrgico”, afirma. Recuerda un caso de cáncer de tiroides avanzado, en el que la cirugía se combinó con terapias adyuvantes y apoyo psicológico intensivo. “El paciente logró mejorar su expectativa de vida y calidad aún frente a la enfermedad. Recuperó su confianza y su vida social. Esa es la fuerza del trabajo en equipo”. El lado humano de la medicina En un oficio donde el éxito se mide en márgenes libres y tasas de supervivencia, la dimensión humana a veces parece intangible. Para César, no lo es. “Los pacientes me recuerdan todos los días que el tiempo es el bien más frágil y más valioso”. En sus conversaciones con pacientes, procura un equilibrio: no dar falsas esperanzas, pero tampoco despojar de motivación. A veces es una frase, un gesto, incluso un silencio compartido lo que deja huella. “Algunos me dicen: ‘Doctor, lo importante es que me hable con claridad’. Otros me agradecen que me siente, que los mire a los ojos. No son grandes discursos; son detalles”. ¿Y cómo maneja él la carga emocional? “No hay manual. Uno aprende a equilibrar. En el quirófano, no hay espacio para las emociones. Afuera, sí las hay, y hay que reconocerlas. Mi manera es mantener rutinas personales, apoyarme en mi familia y recordar que, aunque la enfermedad es dura, también vemos historias de superación todos los días”.
Panamá, medicina y futuro El futuro de la cirugía oncológica en Panamá no se mide únicamente en máquinas de última generación o edificios relucientes. Para el Doctor César Díaz Selles, la verdadera transformación ocurre en tres frentes que parecen sencillos pero son decisivos: diagnóstico temprano, formación de cirujanos con visión integral y acceso equitativo a tratamientos de calidad. “Tenemos una generación de médicos jóvenes con hambre de aprender y de aportar. Lo que necesitamos es que ese talento no se pierda en la rutina o en la falta de recursos, sino que se nutra de investigación, de intercambio con otros países y de un sistema que permita aplicar lo aprendido en beneficio de los pacientes”, explica. Su perspectiva es clara: la Cirugía Oncológica del futuro no será un lujo reservado a unos pocos, sino una disciplina integrada en un ecosistema de prevención y acompañamiento. “La infraestructura importa, así como la capacidad de conectar el sistema de salud con la realidad de cada paciente”, afirma. Para César, la innovación puede llegar a significar mejorar protocolos, organizar rutas de referencia más rápidas, diseñar programas de tamizaje efectivos que detecten la enfermedad antes de que sea tarde.
“Un programa de detección temprana salva miles de vidas”, resume con precisión. La mirada de futuro también incluye investigación local. Hasta ahora, gran parte de la evidencia que guía las decisiones en Panamá proviene de estudios realizados en Norteamérica, Europa o Asia. Pero los pacientes latinoamericanos tienen características propias (desde factores genéticos hasta contextos socioeconómicos) que requieren datos generados en la región. “Necesitamos investigar más desde aquí, en nuestros hospitales, con nuestra gente. Eso nos permitirá entender mejor cómo se comporta la enfermedad en nuestra población y adaptar las estrategias de tratamiento”, señala. Al hablar de lo que él mismo sueña aportar, baja el tono y lo hace personal: “Mi meta es operar con excelencia, acompañar a cada paciente con dignidad y formar colegas que mañana lo hagan aún mejor que yo. Si eso ocurre, el impacto será mucho más grande y significativo para nuestra población”. La visión es pragmática y, al mismo tiempo, profundamente humana. Apuesta a que la cirugía oncológica sea cada vez más precisa gracias a la tecnología, sí, pero también más cercana, menos traumática y más consciente de la calidad de vida. “La tendencia global es clara: cirugías menos invasivas, recuperación más rápida, conservación de órganos cuando es posible. Pero lo que realmente va a distinguirnos en Panamá es que esas cirugías estén disponibles para todos”.
Si tuviera que redactar un titular para resumir este enfoque, lo haría con una frase que ha repetido a sus residentes y pacientes: “La cirugía oncológica del futuro no se mide solo en precisión, se mide en humanidad y en justicia: en cuántos pacientes pueden acceder a ella y en cómo viven después de la operación.” Octubre, mes concientización sobre el cáncer de mama “Cada octubre recordamos la importancia de hablar con claridad sobre el cáncer de mama. Es el cáncer más frecuente entre las mujeres, pero alrededor de este persisten mitos que pueden retrasar un diagnóstico y, por ende, complicar un tratamiento que podría ser mucho más sencillo”. Uno de los mitos más comunes sobre el cáncer de mama es que solo afecta a mujeres mayores. La realidad es que, si bien la edad es un factor de riesgo, también puede presentarse en mujeres jóvenes. Otro error frecuente es pensar que, si no hay antecedentes familiares, no hay riesgo. Más del 70% de los casos aparecen en mujeres sin historia familiar de cáncer. Y uno más: creer que un resultado normal en la mamografía significa que ya no se necesitan chequeos. La detección precoz no es un evento aislado; es un proceso continuo.
¿Qué recomiendo a quienes aún se dejan llevar por los mitos? Primero, informarse con fuentes confiables. En la era digital, circula mucha desinformación: remedios milagrosos, dietas que prometen curar, teorías sin evidencia. El cáncer es demasiado serio para basar las decisiones en rumores. Segundo, asumir que la detección temprana salva vidas. No es una frase de campaña; es un hecho demostrado en todos los estudios científicos. Tercero, normalizar la conversación. Hablar de cáncer no lo provoca, pero sí puede motivar a un amigo, una hermana, un padre a hacerse un examen a tiempo. Cuando el cáncer de mama se detecta en fases iniciales, las probabilidades de curación son muy altas. La cirugía en estos escenarios es menos extensa, las complicaciones son menores y la calidad de vida después del tratamiento es mucho mejor. Por eso, lo que intento transmitir a mis pacientes es que no tengan miedo a preguntar, a buscar información, a hacerse pruebas. El miedo al diagnóstico no puede ser mayor que las consecuencias de no hacerlo. “Si pudiera dejar un mensaje en este mes de concienciación sería este: el cáncer no se combate con mitos, se combate con información, con prevención y con decisiones valientes. Ir a una consulta, realizarse un examen oportuno y hablar sin tabúes sigue siendo el paso más poderoso que una persona puede dar para cuidar su vida y la de los suyos.
” Más allá del quirófano Quien lo conoce fuera del hospital descubre a un hombre que valora la calma. Es esposo, padrastro y padre de una pequeña poodle de color rojizo; En su tiempo libre disfruta los video juegos y deportes a motor como la fórmula 1, así como pasar tiempo en familia. “Necesito desconectar para volver a conectar con fuerza. El equilibrio es parte de la medicina también”, comenta. A los pacientes, les deja un mensaje constante: “El cáncer no significa que la vida se detiene. Significa que debemos reorganizar prioridades, buscar ayuda y confiar en la ciencia. No están solos”. Y a los nuevos médicos, una advertencia y un aliento:
“No olviden que detrás de cada diagnóstico hay una persona. La técnica es esencial, pero sin humanidad la medicina pierde su sentido”. El cirujano y el tiempo La entrevista termina con César caminando por un pasillo blanco después de una cirugía. Saluda a un colega, revisa su agenda y sonríe al mencionar que tiene aún consultas por atender. Afuera, el hospital sigue su ritmo frenético. Adentro, él conserva la calma y la alegría que lo caracteriza. El tiempo es la constante en su discurso: tiempo ganado al paciente, tiempo compartido con la familia, tiempo de calidad que la cirugía puede devolver. En un país donde la batalla contra el cáncer apenas comienza a librarse con la contundencia necesaria, voces como la suya aportan dirección y esperanza. “Al final, la cirugía es un puente”, dice. “No solo entre un tumor y su extirpación, sino entre el miedo y la posibilidad de seguir viviendo”.
