El escritor que vivió entre 1917 y 2005 fue el gran protagonista de las letras
paraguayas y latinoamericanas del siglo XX. Su obra inmortalizó hechos el exilio
las dictaduras, el mestizaje y la búsqueda de la identidad, logrando romper las
fronteras literarias y geográficas de su país para tener esa presencia el la literatura
mundial.Una vida entre dos patrias
Abrió los ojos en Asunción el 13 de junio de 1917, Roa Bastos vivió una infancia
entre la capital y el interior del país, especialmente en Iturbe.
Fue testigo de la Guerra del Chaco (1932–1935) como enfermero, experiencia que
marcaría profundamente su mirada crítica hacia el poder y la violencia. Dándole el
recurso de recolectar la materia prima de muchas de sus grandes obras, admiradas
por los lectores y la crítica como todo gran narrador.
Al igual que otros escritores latinoamericanos vivió en el exilio durante gran parte
de su vida, primero en Argentina —donde trabajó como guionista de cine y
periodista— y luego en Francia, tras el golpe militar encabezado por Jorge Rafael
Videla de 1976 en Buenos Aires. A pesar de ese desarraigo mantuvo la conexión:
lo convirtió en testigo de su historia, su lengua guaraní-castellano, su memoria y
sus heridas.
Un legado literario de denuncia y reflexión
Roa Bastos es reconocido por su estilo complejo con sabor histórico. Su obra más
emblemática, “Yo el Supremo” (1974), es una magistral novela, que une la historia
con la ficción sobre el dictador José Gaspar Rodríguez de Francia, en la que
desmonta los mecanismos del poder autoritario. Considerada una de las grandes
novelas sobre la temática del dictador latinoamericano (el aporte de los escritores
de nuestra región a las letras del siglo XX), está escrita en forma de monólogo
interior, con una prosa densa y las notas al pie. El tema del dictador es la gran
cuota de la literatura latinoamericana a las letras universales, algo que también
hicieron Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Miguel Angel Asturias y
Carlos Fuentes. La temática del dictador se dio con la publicación del “El Tirano
Banderas”, del autor español Ramón del Valle-Inclán.
Pero Roa Bastos no se resume en una sola novela. Su primer libro de relatos, “El
trueno entre las hojas” (1953), ya anunciaba su sensibilidad hacia los más
desprotegidos: campesinos, indígenas, mujeres y soldados. Obras como “Hijo de
hombre” (1960) —una novela coral que anticipa los horrores del totalitarismo—, y
cuentos como “La tierra sin mal”, son piezas clave de la literatura comprometida
con las causas humanas y sociales.También fue un apasionado defensor del bilingüismo paraguayo, incorporando el
guaraní como parte vital de la identidad nacional en su obra. Su escritura, aunque
de vocación universal, jamás perdió el arraigo a su tierra, algo que merece magna
consideración.
Leer a Augusto Roa Bastos es encender las luminarias de una América Latina
profunda, contradictoria, herida, pero resistente. Su legado continúa vivo en las
nuevas generaciones de escritores, en los estudios académicos y en todo lector que
quiera entender la historia íntima y colectiva en ambas partes del Charco.
